Un agosto complicado
Esta entrada va a ser corta: toda una ironía, teniendo en cuenta que este mes se me ha hecho inmensamente largo. Si julio ya fue difícil de narices, este no ha sido mejor.
Obviamente, la oleada de gatos que hay que rescatar de la calle no cesa. Me he visto en casa con cuatro gatas bebés lactantes que me han sacado los mil males y de las peores versiones de mí misma. Las uñas afiladas, los chillidos infernales, las continuas demandas, el olor a caca y pis, la diarrea, el que no se contuvieran en su recinto y se cagaran por todos lados o me persiguieran y chillaran como si se les fuera la vida en ello cada vez que iba a comer aunque ellas ya hubieran comido... No se lo deseo a nadie, la verdad. Qué pesadilla. Una pesadilla en la que no tenía tiempo, energías ni ganas de hacer nada que requiriera pensar. Apenas he podido revisar un par de capítulos de Sorgina, aunque he de decir que cuando me he puesto con ello me ha gustado bastante el resultado. Dentro de lo cabe, la escritura sigue siendo una bálsamo para las heridas, pero, entre el trabajo que da de comer y las bestias, sinceramente, había días en los que no quería existir.
Siempre he sabido que soy muy afortunada en lo que respecta a la escritura. Siempre he tenido tiempo y espacio para dedicarme a ella. Cuando estaba en el instituto y en la universidad, tenía esas largas vacaciones en las que en vez de irme de viaje me encerraba en mi habitación a escribir, así como ocurrió en los dos años "sabáticos" que mis padres me dejaron tener, uno tras terminar la carrera y otro tras el máster. Después empecé a trabajar en un lugar en el que de normal voy entre 20-26 horas a la semana. Por lo cual, sigo teniendo un montón de tiempo para escribir. Y, aunque estuviera haciendo las cosas "bien", me sentía como si contara con alguna ventaja respecto a otrxs escritorxs. Tengo compañeras que tienen hijos, que tienen trabajos que se tienen que llevar a casa, que no tienen un espacio ni un tiempo para escribir... y aun así lo hacen, y lo hacen muy bien. Nada de eso niega que yo estoy llevando la vida que quiero tener: un trabajo que no me drena (de hecho, para mí es como un minijuego de la vida) y que me deje dedicarme a la escritura; 0 hijos (una decisión reafirmada con creces en cada segundo que he pasado con las bebés); y animales con los que bajar mis niveles de cortisol y ansiedad. Este es el modelo de vida que me gusta tener y aun así siento como si estuviera haciendo trampas. Una sensación que se ha profundizado cuando se me han metido en casa estas criaturas del averno, impidiéndome dedicarme a la escritura. Mentalmente, he sufrido un montón, incapaz de superar esto y seguir adelante como harían otrxs. La verdad es que no tengo ni idea de cómo lo hacen esas personas con tantas responsabilidades para encargarse de todo, pero después de esto las aprecio aun más.
Si bien he tenido que aceptar que en estas situaciones no voy a rendir (ni de coña) como de normal, tengo la esperanza que de cara a septiembre las bebés vayan siendo adoptadas (aunque parece ser que las adopciones responsables son complicadas de cojones, lo cual habla muy mal de nuestra sociedad) y recupere el tiempo y la salud mental necesaria para seguir revisando el manuscrito con tal de tener a finales de año una novela bien trabajada.
Muchas gracias por aguantar mis lamentos y por pasaros por aquí. ¡Nos leemos en septiembre!
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