El julio en el que terminé de escribir Sorgina


Buenos días, lectorxs.

Julio por fin está llegando a su fin y, una vez más, es uno de meses en los que peor lo he pasado. Y me duele decir eso, porque he tenido dos buenas semanas de vacaciones y, sí, he terminado de escribir el borrador de Sorgina, pero esa alegría no me ha durado mucho.

Por si no fuera suficiente ir a trabajar y que te hagan sentir una incompetente, e ir a una boda y, de nuevo, sentirte una completa incompetente social de principio a fin, tengo dentro un vacío más profundo. 


Por un lado, a principios de mes me ofrecí a ayudar a la asociación protectora del pueblo cuidando unos días de cuatro bebés de gato que algún desgraciado había abandonado nada más parir (todavía tenían el cordón umbilical) en una colonia. Sabiendo lo desbordados que están y coincidiendo con que a mí me habían dejado unos días libres, quise echar una mano. Para mí fue, cuanto menos, taumático. Fueron días en los que no podía hacer nada más que cuidar de ellos, con los tapones y los cascos puestos a todas horas, sin poder dormir en condiciones, ya que cada 3 horas había que darles el biberón. Sin embargo, para mí todos esos sentimientos se quedan invalidados porque, un día antes de que terminara mi guardia, uno de ellos se murió en mis manos, justo cuando llegamos a la puerta del veterinario de urgencias. Al principio estaba martirizada ante la idea de que hubiera sido culpa mía, que les había dado mal el biberón y que la leche se le había ido a los pulmones. Se los devolví a la chica de la asociación con el miedo de que pudiera pasarles lo mismo a los demás bajo mi cuidado. Pero a medida que pasaban los días, más hermanos fueron cayendo de la misma forma. En el veterinario les daban todos los cuidados que podían, aun sin saber qué les pasaba porque eran demasiado pequeños para hacerles pruebas, pero morían poco después. Solo ha quedado uno de los cuatro y al menos él parece sano. Nuestra hipótesis es que debían de tener alguna enfermedad genética, quizá leucemia. Supongo que con ellos nunca lo sabremos. 

Por otro lado..., Leónidas, el gatete que rescatamos de la calle cuando estaba enfermísimo y que al final di en adopción en marzo con todo el dolor que me supuso, pues ya era como de la familia, ha desaparecido. Su adoptante me lo dijo hace unos días, que creían que algo se había metido en su patio/corral y se lo había llevado. Fuimos al pueblo a verles y a dar una vuelta... y se me cae el alma cada vez que lo recuerdo. Un pueblo diminuto, con un montón de galgos desnutridos a los que hacen caso cuando les interesa, y un montón de gatos que no dejan de parir en las calles sin más cuidados que comida y agua. Preguntando a la poca gente que vive allí si habían visto a Leónidas, no tardaban en decir que seguramente un galgo se lo haya llevado, que están acostumbrados a cazarlos para comer. Y, aunque no hay nada confirmado, mi corazón está tan roto como el de sus adoptantes y el de Blanch, su compañero gatuno. Leónidas era tan resiliente, con tantas ganas de vivir... Sobrevivió cuando nadie esperaba que lo hiciera y funcionábamos a base de amenazas y promesas. En el hospital, le dije que tenía que sobrevivir para romperme la cabeza buscándole casa, y lo hizo. Y, cuando descubrí que le encantaba la hamaca de gato de la casa de mi chico, le prometí que le compraría uno igual cuando/si le adoptaban. Cuando le adoptaron, se fue con la hamaca. Esa primera semana separados fue un infierno..., pero consiguió hacerse a la casa, a su gente, y a Blanch. Era muy feliz allí y yo aprendí a ser feliz por ello. Podía vivir sabiendo que él estaba bien, aunque fuera lejos de mí (aunque le visitaba de vez en cuando). Pero ahora... ahora vuelvo a preguntarme por qué no acepté que él era uno más de la familia. Aunque seamos muchos gatos en casa. Aunque mi chico vaya a dejarme por exceso de gatos. Sabía que Leónidas era parte de nosotros y aun así le dejé marchar. Y ahora no está en ningún lado.


Así que estoy deprimida, y lamento haber soltado todo esto, pero necesitaba expresarlo. Estoy cansada de decir a todo el mundo que estoy bien o simplemente callar porque siento que si abro la boca voy a estallar. Verterme por aquí me alivia un poco...

Pero intentemos hablar un poco de Sorgina, que también lo merece.

 

 Sorgina

 

Pues, al fin, después de casi dos años peleándome con este libro, ¡he terminado el borrador! *aplausos* 

Me he dedicado las vacaciones (obviamente) a escribir como una loca y el mismo día antes de regresar a casa escribí la última escena del último capítulo. Esto no quiere decir que haya terminado de escribir exactamente, ya que me quedan el prólogo, el epílogo y tres interludios (sí, en este libro hay interludios). Sin embargo, da una gran paz mental el haber llegado al final de la historia y que todo encaje (aunque haga falta reescritura). Al final me ha quedado una bestia que roza las 200.000 palabras. Queda ver cómo queda después de las mil revisiones que tiene pendiente, pero, sí, me ha vuelto a quedar un ladrillaco incluso más grande que Helhest. Qué burrada.

¿Ahora qué queda por delante? Pues, una vez termine de escribir esas partes que quedan (ya estoy en ello), revisaré los dos últimos arcos, los cuales los he escrito de seguido. Les meteré un buen pulido y es posible que se lo pase a mi hermana. Después, a releer hasta la saciedad todo el manuscrito para arreglar agujeros de guión, redirigir cosas, mejorar diálogos, erratas, meter descripciones (las cuales he ignorado hasta ahora con demasiada alegría), y, en fin, ponerle bien de músculo, piel, ropita y complementos a este esqueleto que es el borrador. En una ocasión lo leeré en voz alta, con mi prima (ilustradora de las primeras portadas de Noroi y Helhest) al aparato, porque así ella (que no tiene costumbre de leer) se lo tiene leído y yo me lo paso muy bien con sus reacciones. Entonces, se lo pasaré a las que quieran ser lectoras beta para tener más puntos de vista y, una vez cosechadas sus opiniones y aplicadas si necesario, directo a la correctora profesional. 

Es decir: van a ser unos meses ajetreados. Diría que me alegro de poder dedicarme únicamente a reeditar, que es la parte que más me suele gustar, pero una vez cogida la rutina de escribir, me duele dejarla ir. Sobre todo sabiendo lo mucho que cuesta luego ponerse a escribir de cero sin sentirme como una mierda por lo mal que lo estoy haciendo. Aunque nunca se apague del todo esa vocecilla perfeccionista, sí que considero que he conseguido ignorarla bastante bien. Sino lo hubiera hecho, al fin y al cabo, no habría llegado a terminar este libro.

 

Tengo muchas ganas de ponerme a pulir esta novela hasta que sea la mejor versión de sí misma, y eso es lo que voy a empezar a hacer este agosto. Espero poder encontrar un poco de paz de mental en las letras, ya que cuando saco la cabeza de ellas cada vez me cuesta más encontrar cosas que me aligeren el espíritu. Menos mal que tengo a mis gatos, a mis perretes y a mi chico...

Muchas gracias por leer, y ¡que tengáis un buen agosto! 

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