Octubre de regreso a la normalidad + fragmentito


¡Buenos días, lectorxs!

Como persona que considera que el otoño es una de las mejores estaciones del año, la verdad es que me siento bastante defraudada por el calor que está haciendo a estas alturas. Esto es horrible, antinatural. Ojalá poder engañarme con que esto es una excepción, pero seguramente que este sea el otoño más caluroso que hemos tenido jamás..., de momento. Qué deprimente.

Ag..., quería empezar este update de forma positiva, pero, bueno, se quedó en un intento. Dentro de todas las cosas que están mal y todas las desgracias, yo al menos puedo decir que he erradicado a la tiña de mi casa (¡al fin!) y todas las gatas que tenía en adopción ya están en nuevos hogares. Por mi escasa salud mental, espero que no tenga que cuidar de más gatos enfermos/bebés en lo que queda de año. Mínimo. 

Por otro lado, he estado trabajando bastante en Sorgina.

 

Sorgina 

 

Con el manuscrito ya escrito, solo me quedaba pegar un repaso a los dos últimos arcos antes de pasarselos a lectora beta (mi hermana). Nada más terminar con este paso, le envié el documento, el cual recibió con un entusiasta: 

 

Obviamente, se lo leyó en un día escaso. Un libro que he tardado dos años en escribir. Si es que no hay derecho, tss...

Después de darle algunas vueltas, creo que tengo que añadir otro capítulo al final, todavía pendiente de escribir. Al principio lo descarté porque el libro ya va a ser enorme y no quería alargarlo más, pero también es cierto que sin esas escenas que tengo en mente el final se quedaría un poco precipitado. ¡Y no hemos llegado tan lejos como para dejar las cosas a medias!

Ahora mismo me encuentro releyendo el libro desde el principio, asegurándome de que la trama no es confusa, que la narrativa es clara y que no me contradigo a mí misma. Estoy apuntando alguna que otra cosilla para arreglar más adelante, pero la verdad es que estoy contentísima y muy orgullosa de cómo ha quedado. Estoy prácticamente por la mitad del manuscrito y me tiene bastante enganchada (quizá es un poco pedante decir eso de tu propio libro, pero, oye, yo primero escribo para mí). 

En esta revisión, sin embargo, he decidido eliminar un fragmento que, aunque me gustaba, sentía que era redundante. Teniendo en cuenta todo lo que ocurre en estos libros, no me gusta recrearme con los flashbacks (supongo que One Piece me tiene traumatizada con eso). Pero tampoco quería dejarlo apartado con el resto de los descartes, así que lo he traído aquí por si lo queréis leer. Se trata de la escena en la que Kayla conoce a Shaw (no me odiéis, porfa). 

Que lo disfrutéis: 

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A pesar de su absoluto desconocimiento, el aroma a tierra fértil, el aire cargado con el aliento de la vegetación y el roce de las hojas contra su piel expuesta tejieron una sensación hogareña. En ese difuso borde entre la realidad y el sueño, regresó al invernadero del palacio de cristal. Al primer rincón de Ar Saoghal donde se había sentido a salvo.

Allí había acudido prácticamente a diario desde que descubrió su existencia, de la mano de Harald. La había llevado con apenas cinco años y había jugado con ella entre las enormes plantas que poblaban aquel lugar mágico. Aunque el aire era opresivo en los pulmones, sus huesos pesados habían sido más ligeros mientras, quien había considerado su seathair, la buscaba entre hojas y flores con colores que sus ojos jamás habían conocido. Habían disfrutado de aquel paraíso, ajeno a las crueldades del palacio, de las obligaciones y las lecciones que no terminaban de cobrar sentido en la cabeza de la pequeña. Habían sido felices. Hasta que, dos años más tarde, Helga Voiel había descubierto en el cobertizo de los jardineros a su marido enseñando a la princesa bastarda a secar ramas y hojas para elaborar infusiones. Harald dejó de acompañarla. Se inventaba excusas, la llevaba a tomar chocolate y pastas al jardín para contentarla, y nunca se enfrentaba a su esposa.

Pero Kayla había seguido visitando el invernadero en cuanto se le presentaba la más mínima oportunidad. Aunque parecía mucho más grande sin Harald a su lado, su mero recuerdo era suficiente para dotar aquellas paredes con la misma seguridad que él le confería en sus encuentros. A lo largo de los años, había cortado al menos una flor de prácticamente cada planta que florecía en el invernadero y el jardín real para llevársela a escondidas a Petra, la jefa de las cocinas. Con un simple vistazo, reconocía las plantas que le traía, así como las propiedades que podían tener de ingerirlas. Y, si dudaba, consultaba un enorme libro que siempre tenía cerca para echarle mano. Kayla lo había ojeado a su lado y en un puñado de ocasiones hasta se había atrevido a acariciar su papel rugoso, extasiada por el aroma a tinta que desprendía y los dibujos tan delicados que poblaban las páginas, escritas a mano. El texto estaba en morktiano y, aunque el tomo era grueso, solo las últimas páginas estaban en blanco, esperando a ser rellenadas con nuevos descubrimientos. Deseosa de ver a Petra enfrentarse a ese vacío, Kayla se había adentrado hasta en el último rincón del invernadero, poniendo a prueba la sabiduría de aquel libro.

Así cuando, por primera vez en su vida, vio cómo un rosal daba una única flor amarilla entre una docena de rosas, no tardó en enganchar las manos en su tallo espinoso. Con delicadeza, pues su mathair la había reprendido en demasiadas ocasiones por aparecer con cortes en los dedos, clavó la uña del pulgar unos centímetros por debajo de aquel exuberante bulbo. Al retirar la flor, la sostuvo ante su rostro con dedicación y acercó la nariz a su centro. Olía como cualquier otra rosa, quizá con un toque más agridulce. Intuía que no sería un gran reto para Petra y su libro omniconsciente, pero solo con sostener aquella pequeña mutación su corazón aleteó como un colibrí. A pesar de ser diferente, era tan hermosa…

—¿Qué demonios crees que estás haciendo?

Kayla se envaró sin soltar la flor. Aunque no había reconocido la voz, el reproche deshizo su excitación y la diluyó en su estómago vacío. Al volverse, su mirada dispar se encontró con la expresión cabreada de un muchacho, no mucho más alto que ella. Sus ojos eran de un castaño oscuro que le pasaron desapercibidos ante las arrugas que arqueaban esa nariz levemente curvada y el puñadito de vello fino que recubría su labio superior. Su ropa le delataba como un jardinero, pero que Kayla no lo hubiera visto antes y que su camisa no tuviera ningún agujero también indicaban que era nuevo en el servicio.

—¿Perdón? —consiguió decir Kayla con un gallo. Carraspeó. Los sirvientes nunca le dirigían la palabra por voluntad propia, por no mencionar que jamás le sostenían la mirada como lo hacía aquel muchacho.

—Es la primera rosa amarilla que ha florecido en todo el invernadero —le echó en cara el jardinero—, y ahora seguramente también será la última porque la has arrancado antes de que las abejas la polinicen.

Un rubor intenso enrojeció el rostro de Kayla por debajo de la pintura escarlata que le recubría media cara.

—Lo-Lo siento… No lo sabía.

El muchacho chasqueó la lengua y dio un paso hacia ella. Kayla abrió los ojos aun más cuando el jardinero extendió la mano para quitarle la flor. Contuvo un respingo al notar el roce de sus dedos contra los suyos, pero nada evitó que el sonrojo se extendiera hasta el arco de sus orejas. Aun enfadado, aquel chico era muy guapo.

—Todavía podríamos intentar plantarla —musitó el jardinero, aparentemente ignorante del efecto que su cercanía provocaba en la joven princesa mientras analizaba el tallo de la flor mutilada—. No es un mal corte.

—Gracias.

—No era un cumplido —replicó el chico antes de desviar su mirada de vuelta a Kayla. Una leve sonrisa irrumpió por voluntad propia en su mueca seria—. Tú eres quien ha estado cortando flores por el invernadero, ¿verdad? —Kayla apenas asintió con la cabeza—. Pues deberías dejar de hacerlo. Aunque las flores sean bonitas, retirarlas puede dañar la planta. Además, las abejas tienen que comer de ellas.

Kayla echó un vistazo alrededor. No había más jardineros a la vista que pudieran meter en cintura a aquel jardinero que, sin duda, todavía no se había aprendido las normas de conducta de su sector. La cordura, sin embargo, se abrió paso hasta la mente de Kayla, trastornada por esa inusual cercanía. Dentro de su recargado vestido, se obligó a estirar la espalda dolorida y a erguir la cabeza, pesada. Aun ruborizada, sacó la fortaleza para decir:

—¿Sabes que soy Kayla Lasair?

El jardinero parpadeó. Después, sosteniendo la rosa amarilla en una mano, extendió la que tenía libre hacia Kayla. La dejó entre ambos, ofreciéndole su antebrazo, descubierto gracias a su manga recogida a la altura del codo.

—Y yo soy Shaw Murray —se presentó él.

Kayla parpadeó de vuelta. Y, a sabiendas de que aquella falta de decoro y respeto hacia su figura institucional era imperdonable, una sonrisa amplísima se abrió en su rostro como no lo había hecho en meses. Ante un confundido Shaw, la princesa apretó los dedos que le ofrecía durante un mero segundo antes de retirar la mano.

Momentos después, mientras observaba con gran interés cómo el jardinero preparaba una maceta para plantar el tallo de la única rosa amarilla, Kayla se dio cuenta de que tenía sangre en los dedos. Se debía haber cortado con las espinas de la rosa cuando Shaw se la había quitado, o quizá había apretado el tallo demasiado al escuchar su voz. A pesar del escozor de la herida, se había pasado el resto del día sonriendo.

Como una gilipollas.

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Pd. Antes de comprarme un par de guías de floriografía, leí por internet que las rosas amarillas podían simbolizar la amistad..., pero también la infidelidad y traición. Y quien sabe, sabe... 

 

 

 ¡Y esto sería todo por este mes! Espero que disfrutéis lo que podáis de esta spooky season y cuidaros mucho (de los fascistas). ¡Gracias por leer! 

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